Fernando Pessoa: Nem sempre sou igual…

Standard

Nem sempre sou igual no que digo e escrevo.
Mudo, mas não mudo muito.
A cor das flores não é a mesma ao sol
De que quando uma nuvem passa
Ou quando entra a noite
E as flores são cor da sombra.
Mas quem olha bem vê que são as mesmas flores.
Por isso quando pareço não concordar comigo,
Reparem bem para mim:
Se estava virado para a direita,
Voltei-me agora para a esquerda,
Mas sou sempre eu, assente sobre os mesmos pés —
O mesmo sempre, graças ao céu e à terra
E aos meus olhos e ouvidos atentos
E à minha clara simplicidade de alma …

Alberto Caeiro (Fernando Pessoa)

Aunque el poema que hoy nos ocupa forma parte de la producción del hortónimo pessoano Alberto Caeiro, Fernando Pessoa podría haberlo escrito bajo su ortónimo sin que ello hubiese resquebrajado la coherencia de sus múltiples personalidades. El poema admite ciertamente una lectura antimetafísica propia de Alberto Caeiro, probablemente la más rigurosa en la medida en que forma parte de un conjunto unitario de poemas (es el XXIX de O guardador de rebanhos). Sin embargo, tomado de forma individual, también ofrece interpretaciones extraordinariamente fértiles en las que asoma la mano del Pessoa auténtico, si es que semejante calificativo puede tener algún sentido para el poeta fingidor por excelencia. Analizaremos brevemente una de ellas.

Es de sobra conocido que Fernando Pessoa vivió a lo largo de su vida un conflicto de personalidades, hasta el extremo inigualado en la historia de la literatura de crear casi un centenar de heterónimos para —como afirma en El libro del desasosiego— inventarse a sus propios amigos. Ello podría inducirnos a creer que, en la clásica dialéctica que enfrenta cambio y permanencia, fluir y ser, Pessoa debería forzosamente sentirse más cercano a Heráclito, partidario del cambio constante de todas las cosas y, por lo mismo, de su divisibilidad y fragmentación (“Pero todo fragmentos, fragmentos, fragmentos”, escribirá en una famosa carta a su amigo —en este caso de carne y hueso— Armando Côrtes-Rodrigues). Y, en efecto, el primer hemistiquio del verso 1 parece, tratándose de Pessoa, poco menos que una perogrullada: “Nou sempre sou igual”, leemos, y casi nos entran ganas de decirle al poeta que ya lo sabíamos sobradamente. Sin embargo, será él quien nos sace los colores a medida que avanzemos en la lectura.

En efecto, ya a partir del verso 2, en el que el poeta reconoce cambiar, pero no mucho (“Mudo, mas não mudo muito”), empieza una descripción (que tiene mucho de confesión angustiada) de la variación de su personalidad que se va convirtiendo, poco a poco, en una firme reivindicación de la unidad del yo. Esta reivindicación roza por momentos la súplica, como en el verso 9 (“Reparem bem para mim”), y culmina en los versos 12 y 13, en los que Pessoa se define como un ser unitario y no cambiante y parece enterrar así su nómina de alter egos: si el verso 12 refiere la permanencia de su identidad (“seu sempre eu”), el 13 va más allá al afirmar que dicha identidad no se encuentra siquiera sujeta al cambio (“O mesmo sempre”). Al terminar la lectura del poema, no podemos evitar preguntarnos si también aquí fingió el poeta.

Advertisements

Joachim du Bellay: Je ne veux feuilleter…

Standard

Je ne veux feuilleter les exemplaires Grecs,
Je ne veux retracer les beaux traits d’un Horace,
Et moins veux-je imiter d’un Petrarque la grace,
Ou la voix d’un Ronsard pour chanter mes Regrets
Ceux qui sont de Phoebus vrais poëtes sacrez,
Animeront leurs vers d’une plus grand’ audace :
Moy, qui suis agité d’une fureur plus basse,
Je n’entre si avant en si profonds secrets.

Je me contenteray de simplement escrire
Ce que la passion seulement me fait dire,
Sans recercher ailleurs plus graves argumens.

Aussi n’ay-je entrepris d’imiter en ce livre
Ceux qui par leurs escrits se vantent de revivre
Et se tirer tout vifs dehors des monuments.

Joachim du Bellay

Pierre Ronsard, a quien no seremos nosotros quienes neguemos sus méritos, es el único poeta de La Pléyade universalmente célebre, esto es, el único de los siete poetas que formaban tan ilustre grupo cuyos versos han perdurado más allá de sus fronteras. Ello nos parece injusto, no tanto —repetimos— porque Ronsard no sea merecedor de haber pasado a la posteridad, sino porque, como advirtió oportunamente Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Joachim du Bellay es como mínimo poeta de igual rango. Aunque su manifiesto en defensa de la lengua francesa y sus Regrets (de los que hemos tomado el poema que hoy comentamos) todavía se estudian en las escuelas francesas, su rastro es hoy casi impercetible en el resto de Europa, y muy rara es la librería en la que se pueda encontrar una obra suya. Nos parece, pues, necesario rescatarlo del olvido, y juzgamos el soneto que encabeza estas líneas un perfecto ejemplo del genio y la modernidad del bardo de Liré.

El poema es, en efecto, de una extraordinaria modernidad, y puede considerarse, en nuestra opinión, como el pistoletazo de salida de lo que podríamos llamar la poesía egotista, aquella que se aparta de los cánones y que, aun conociendo —y este es un matiz importante: ¡aun conociendo!— la tradición, le da la espalda para sumergirse plenamente en el yo. Porque Du Bellay quiere sincerarse, pasar cuentas consigo mismo: “Je me contenteray de simplement escrire / Ce que la passion seulement me fait dire”. Quiere, exactamente como declarará su contemporáneo Montaigne en el prólogo al lector de sus célebres Ensayos, ser “moi-même la matière de mon livre”. Y para ello necesita encontrar la expresión más genuina de su voz, aquella que no sufra de afectación ni en su sentido literal ni en el de verse distorsionada por influencias ajenas.

De nuevo como Montaigne, quien afirma escribir sin buscar la gloria, Du Bellay rehúye toda ambición literaria. Ya en este poema, apenas el cuarto de los casi doscientos que componen los Regrets, declara solemnemente que no quiere competir con Horacio, con Petrarca o con el propio Ronsard; después de insinuar sus intenciones en los versos 1-4, el verso 12 remacha, contundente, la idea: “Aussi n’ay-je entrepris d’imiter en ce livre”. José Martí, sin quererlo, tal vez expresó mejor que nadie lo que anhelaba Du Bellay: “colgar de un árbol marchito / mi muceta de doctor”. Dejar que sea la voz del hombre la que se oiga por encima de la del personaje público, del miembro de la Pléyade; cantar, en suma, sus aflicciones más profundas, sus más íntimos lamentos (no otra cosa significa la palabra regrets), acogiéndose al que Robert Frost definiría siglos más tarde como el derecho sagrado de la poesía a recostar el pecho sobre una espina y cantar su más pleno dolor.

Francesco Petrarca: Pace non trovo

Standard

Pace non trovo, e non ho da far guerra,
E temo, e spero, ed ardo, e son un ghiaccio:
E volo sopra ‘l cielo, e giaccio in terra;
E nulla stringo, e tutto ‘l mondo abbraccio.

Tal m’ha in priggion, che non m’apre, né serra,
Né per suo mi ritien, né scioglie il laccio,
E non m’uccide Amor, e non mi sferra;
Né mi vuol vivo, né mi trahe d’impaccio.

Veggio senz’occhi; e non ho lingua e grido;
E bramo di perir, e cheggio aita;
Ed ho in odio me stesso, ed amo altrui:

Pascomi di dolor; piangendo rido;
Egualmente mi spiace morte e vita.
In questo stato son, Donna, per Voi

Francesco Petrarca

El presente blog comentará someramente poemas de la tradición europea a partir del nacimiento de la poesía en lengua vernácula. Así pues, nos parece una buena elección comenzar con un soneto de Petrarca, quien —junto a Dante, Chaucer y Bocaccio— es una de las indiscutibles cimas de la primera poesía europea no escrita en latín (excluímos tradiciones que también gozaron de arraigo en Europa como la andalusí).

En este soneto del Cancionero (del cual Franz Liszt realizó una preciosa suite para piano), Petrarca parece hablarnos de la profunda confusión que le embarga como consecuencia del amor que siente por Laura. Sin embargo, el poema admite una lectura alternativa —probablemente menos trillada— en la que la desesperación del poeta aretino nazca del desamor producido por la negativa de la amada.

Tras varios versos en los que Petrarca se sirve de la contradicción y el absurdo para expresar la inefabilidad del (des)amor, es el verso 11 el primero en indicarnos con algo de precisión la razón de sus sentimientos: se odia a sí mismo y ama… “atrui”, esto es, a otro (altri, en catalán). Petrarca no cita a Laura porque su amor, que bebe de la lírica trobadoresca y muy especialmente del dolce stil novo, es un amor idealizado, en el que la amada es un ser perfecto y, por lo mismo, carente de personalidad propia (la amada no será en rigor un sujeto hasta la irrupción del Romanticismo). Y al ser Laura una expresión idealizada (cristalizada, por decirlo con Stendhal) del amor, resulta inalcanzable por estar fuera de toda medida humana — medida que Petrarca sabe suya y razón por la cual no se considera digno del amor de Laura y se odia, como ya hemos visto.

El verso 13 merece también un breve comentario. Petrarca escribe que la vida y la muerte le repelen por igual, pues muerte y vida se le aparecen como conceptos asépticos, vacíos, excesivamente abstractos, a los que sólo el amor podrá infundir sentido; un sentido que sin embargo será de signo opuesto al que habitualmente se les concede. En efecto, sabemos que Petrarca moriría por Laura, en cuyo caso la muerte sólo sería la expresión más expansiva (esto es, autodestructiva) del amor y, paradójicamente, la afirmación más radical de la vida, mientras que la vida sin amor sería para el poeta lo más parecido a la muerte.